Peruano universal

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El centenario del diplomático, en palabras del Canciller Gustavo Meza Cuadra.

Javier Pérez de Cuellar, ciudadano del mundo, orgullo del servicio diplomático ha cumplido 100 años. A lo largo de su extraordinaria carrera, invirtió su talento con desprendimiento para forjar consensos políticos de la mayor relevancia. Ejerció los altos cargos de secretario general de las Naciones Unidas durante los últimos y complejos años de la Guerra Fría, y los de presidente del Consejo de Ministros y canciller del gobierno de transición del presidente Valentín Paniagua tras la recuperación de la democracia en el 2000.

Es diplomático por excelencia, se incorporó al servicio diplomático de la república a los 24 años, su primera misión diplomática fue la Legación del Perú en Francia, a donde llegó poco antes del fin de la Segunda Guerra Mundial. Desde ahí pudo viajar a Londres para integrarse a la delegación que en 1946 representó al Perú en la primera sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Durante esos primeros años de carrera, fue testigo de la gestación del ordenamiento de la posguerra y de la creciente confrontación entre las dos superpotencias y sus respectivos modelos socioeconómicos y concepciones ideológicas, desarrollando una aguda visión de la política internacional y una firme vocación de paz.

Forjó una implacable reputación en Torre Tagle, donde en los años 60 se desempeñó como secretario general. Junto a otros ilustres diplomáticos como: Carlos García Bedoya, Alberto Wagner de Reyna, Juan Miguel Bákula, Carlos Alzamora y Juan José Calle, desarrollaron una política exterior más estratégica, proactiva y autónoma.

En 1971, fue nombrado representante permanente del Perú ante las Naciones Unidas, el golpe de Estado de 1974 en Chipre puso a prueba la competencia del diplomático peruano, pues coincidió con que el Perú presidía el Consejo de Seguridad, poco después fue nombrado secretario general adjunto para asuntos políticos, el segundo puesto más elevado de la organización; el ser  mediador confiable y ponderado. En 1981 le permitió ser elegido por aclamación, y sin que él se nominase, el quinto secretario general de la ONU.

Siguió desplegando una diplomacia efectiva que reposicionó a las Naciones Unidas como un interlocutor relevante para ayudar a poner fin a la guerra entre Irán e Iraq, y lograr el retiro soviético de Afganistán, la independencia de Namibia, y los acuerdos de paz en El Salvador, entre otros desarrollos que durante años habían parecido imposibles.

Las dinámicas de la Guerra Fría le plantearon grandes tribulaciones, debió lidiar con la inestabilidad política de la época, caracterizada por múltiples crisis y conflictos y el escalamiento de una peligrosa carrera armamentista entre las dos superpotencias, y supo ejercer sus prerrogativas con autoridad y ponderación.

Vayan nuestros parabienes para un gran peruano.